A mi amigo Matías le gusta emprender. 

Matías es inquieto, explorador y valiente. Matías es esa clase de empresarios que cuando toma un café analiza mil maneras de servirlo mejor, propone un nuevo diseño de taza y sopesa la cantidad de azúcar servida para ahorrar costes. Matías siempre está ideando.

Matías no es perezoso. Inicia proyectos, los mima, los ve crecer y luego los deja en otras manos. Matías siempre pone en práctica sus ideas.

Matías prefiere transformar negocios tradicionales. A veces se centra en los detalles, otras en los procedimientos. Matías es el rey de las pequeñas cosas. 

A Matías le gustan los helados y por eso ha puesto en marcha su segunda fábrica, esta última sin socios, a pulmón, trabajando día tras día, noche tras noche, mirando un reloj sin horas.

A Matías también le llegó su pandemia, solo que a él le pilló con cientos de kilos de productos dispuestos para triunfar en Semana Santa, más un pedido de envases que ya no iba a llegar. Cientos de kilos de productos con fecha de caducidad, cero envases, un préstamo en el banco y un erte precipitado. ¡Helado o vertedero! 

Pero Matías no es de los que se achantan, con sus nervios de acero suele hacer música. Matías tiene un secreto, sabe que la tristeza y el miedo se combaten con helado, así que helado comenzó a fabricar en solitario. Compró envases alimenticios en los bazares, les añadió etiquetas adhesivas rotuladas con la impresora de la oficina y los rellenó de ilusión y esperanza. 

Matías los distribuyó personalmente en las tiendas de su entorno, a éxito, y los pedidos comenzaron a llegar en horas. Fabricó más helado de madrugada y los pedidos aumentaron. Recuperó personal y lograron copar la comarca. Buscó nuevos repartidores en otras provincias limítrofes, para evitar la prohibición de tránsito, y tuvo que pedir más materia prima a sus sorprendidos proveedores.

Al final del estado de alarma, Matias había salvado su empresa y contaba con mas de cien puntos de venta nuevos. 

La semana pasada volví a ver a Matías. Tenía aspecto cansado y ojos brillantes. Y es que Matías ya está inmerso en otro reto.

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